Todos los 5 de enero a la noche, en muchas casas, los padres repiten el ritual: colocan un poco de pasto, otro de agua y los zapatos de los niños junto a la entrada. Los dos primeros, para alimento y bebida de los camellos. El calzado, porque allí pasarán los Reyes Magos y dejarán un regalo. A la mañana siguiente, todo será felicidad para los pequeños. Hace muchos años, esta celebración era tan importante que en la Argentina era feriado. Hoy, lentamente se desvanece ante el avance de Papá Noel: el anticipo de la Navidad no deja tanto resto como para sumar obsequios. No obstante, la tradición aún tiene su fuerza.
Por supuesto, tiene su alimento: la “rosca de Reyes”, que consiste en una confitura de masa dulce, esencia de azahares o limón y recubiera con crema, cereza e higos, con la forma circular de las coronas que usaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Otros atribuyen esa forma al amor de Dios, que no tiene principio ni fin: es eterno. Una tercera hipótesis señala que el origen se remite los festejos del Sol Invicto de los romanos, y por eso es redonda.






Como tantas, la tradición de los Reyes Magos proviene de La Biblia. En el evangelio de Mateo 2. 1-12 se puede leer:
“…Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo’.
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías.
‘En Belén de Judea, –le respondieron–, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel’. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: ‘Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje’. Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.”
Esta celebración popularmente conocida como “Día de Reyes” en realidad se denomina “Fiesta de la Epifanía”, del griego επιφάνεια que significa “manifestación”. En este caso de Jesús, como Hijo de Dios, a los pueblos paganos representados por los magos de Oriente. Aunque de Jesús tenemos tres epifanías: A los magos de Oriente, a Juan el Bautista y en las Bodas de Caná.
El Evangelio nos relata que son “unos magos”, no que eran reyes, tampoco dice cuántos eran, y agrega que eran de oriente, pero no dice de que país, por tanto no sabemos de su tierra de origen, ni se mencionan sus nombres. Pero el término “magos” no es como se utiliza hoy día, eran sabios que estudiaban los astros, astrólogos y astrónomos que escudriñaban los cielos.
El relato más aceptado sostiene que venían desde Persia, que eran “celosos observadores de la justicia y de la virtud.” Y se añade que son “la clase de sabios y doctores”. Para el “Liber Pontificalis” que es una compilación de reseñas biográficas de los primeros papas, desde san Pedro hasta Esteban V; Melchor (Melichior) es el Rey de Persia, Baltasar (Bithisarea) es el Rey de la India y Gaspar (Gathaspa) es el Rey de Arabia. El evangelio árabe de la infancia de Jesús también los ubica en Persia y seguidores de Zoroastro. Y se fijó el número de tres, por los tres dones que portaban.

